En este caminar, con otros, se aprende y se desaprenden, cosas, tendencias, vivencias, en fin saberes. Comparto con ustedes este caminar, con algunos artículos, ensayos, notas, comentarios, y extractos de algunos libros, espero sus comentarios, que nutran esta experiencia y convide a otros a caminar.

Mis 50 primaveras: el valor del camino

Hoy cumplo cincuenta años. Medio siglo. Y escribirlo produce una sensación extraña, porque cuando uno es joven los 50 parecen pertenecer a una vida muy lejana, hasta que un día llegan y aquí estoy. No siento que sea un momento para hacer un balance de éxitos y fracasos; la vida es demasiado compleja para reducirla a esas dos categorías. Prefiero mirar hacia atrás y reconocer el camino: lo que construí, lo que perdí, lo que aprendí, las personas que llegaron, las que se fueron, las que permanecen y también las distintas versiones de mí mismo que fui dejando atrás.


A los cincuenta aparece una certeza inevitable: probablemente ya he recorrido más camino del que me queda por recorrer. Y curiosamente no lo pienso con tristeza, lo pienso como una invitación a vivir con mayor conciencia, porque cuando uno comienza a comprender verdaderamente que el tiempo es finito también comienza a entender cuánto vale. Con los años he aprendido a escoger mejor dónde pongo mi tiempo, mi energía y mis afectos; a comprender que no todo requiere una respuesta, que no todas las diferencias necesitan convertirse en batallas y que muchas veces la serenidad está precisamente en aprender a distinguir lo verdaderamente importante de aquello que simplemente ocupa espacio. Quizás crecer también sea eso: aprender a vivir más en paz con uno mismo y con los demás.


He cometido errores, muchos. He tomado decisiones que hoy tomaría diferente, he confiado cuando quizás no debía hacerlo y otras veces dudé cuando debí confiar; he acertado algunas veces y me he equivocado otras tantas. Pero a estas alturas no quisiera borrar ninguna parte del camino, porque incluso aquello que dolió, aquello que no salió como esperaba y aquello que alguna vez no entendí ayudó a construir al hombre que hoy llega hasta aquí. Con el tiempo también he aprendido que no todo necesita una explicación inmediata; hay experiencias cuyo sentido solo aparece años después.


También he aprendido sobre las pérdidas. Con los años uno descubre que amar inevitablemente nos hace vulnerables; se van personas, terminan etapas, cambian relaciones y también despedimos seres que ocuparon silenciosamente un lugar enorme en nuestra vida. Algunas ausencias dejan de doler todos los días, pero nunca dejan de acompañarnos. Quizás por eso hoy abrazo diferente, valoro más una conversación, una llamada, una mesa compartida, la presencia de mi familia, mis amigos, mis hijas creciendo frente a mis ojos y esos momentos aparentemente pequeños que, cuando pasa el tiempo, descubrimos que eran los verdaderamente grandes.


También miro lo que he hecho con mi vida y siento gratitud. He tenido la enorme fortuna de dedicar buena parte de ella a aprender de otros, enseñar lo poco que sé, acompañar personas y organizaciones y tratar de dejar algo útil después de cada encuentro. Con los años entendí que probablemente la huella más importante no está en aquello que acumulamos, sino en algo mucho más difícil de medir: lo que dejamos en los demás. Una idea, una conversación, una oportunidad, una palabra dicha en el momento correcto; tal vez haber ayudado a alguien a creer un poco más en sí mismo o a mirar una posibilidad que antes no veía. Eso también es una forma de permanecer.


No llego a los cincuenta con la vida resuelta y me alegra. Todavía tengo preguntas, todavía me equivoco, todavía cambio de opinión y todavía comienzo de nuevo. Quizás una de las cosas más importantes que he aprendido sea precisamente esa: comenzar de nuevo no significa haber fracasado; a veces comenzar de nuevo es simplemente tener el coraje de reconocer que todavía podemos escribir una mejor historia. Por eso quiero vivir lo que viene con menos ego, menos prisa y menos necesidad de demostrar; quiero cuidar más mis afectos, agradecer más, escuchar más, juzgar menos y estar verdaderamente presente.


Quiero seguir soñando, creando, aprendiendo, enseñando y viajando; quiero seguir sentándome alrededor de una mesa con la gente que quiero, seguir viendo crecer a mis hijas, seguir encontrando razones para entusiasmarme y, sobre todo, seguir haciendo que las cosas que quiero pasen. Porque cumplir cincuenta también significa entender que algunos sueños ya no pueden seguir esperando indefinidamente y que vivir no puede consistir únicamente en prepararnos para algún día vivir.


Si pudiera pedir algo para esta nueva etapa no pediría simplemente vivir muchos años, pediría años con sentido. Años para querer y sentirme querido, para construir y también disfrutar lo construido, para estar cerca de quienes importan, para descubrir, servir, reír, aprender y seguramente equivocarme todavía algunas veces; años para conservar la humildad de volver a empezar cuando sea necesario y la capacidad de sorprenderme con la vida.


No sé cuánto camino queda, nadie lo sabe, pero sí sé cómo quisiera recorrerlo: más consciente, más agradecido, más libre y, sobre todo, más presente. Hoy,  17 de agosto cumplo 50 años y después de medio siglo no tengo todas las respuestas, pero tengo algo que hoy me parece mucho más valioso: sé mejor quién soy, entiendo mejor lo que verdaderamente importa y todavía tengo sueños suficientes para mirar hacia adelante con ilusión.


He vivido, he aprendido, he amado, he perdido y he comenzado de nuevo. Y aquí estoy, con algunas cicatrices, muchas historias, muchísimo que agradecer y las mismas ganas de siempre de hacer que las cosas pasen. Quizás de eso se trate llegar a los 50: no de contar cuánto tiempo ha pasado, sino de comprender, finalmente, cuánto vale el tiempo que tenemos.


Gracias a Dios, a la vida y a quienes han sido parte del camino.


¡Bienvenidos mis 50!

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